Siempre me ha gustado esta palabra. Mi vida ha sido una constante búsqueda de la independencia, desde mi infancia. Resultaba bastante frustrante tener que depender de alguien siempre para todo. Para llevarte al colegio, para salir con tus amigas, para ir a mear… Siempre dependíamos de un coche, pues vivíamos lejos. Cuando tuve edad de tener motocicleta, como el resto de mis amigas, mis padres no consintieron, y con apenas 17 ya me saqué el teórico. A los 18 ya tenía carnet de conducir. Aún así no podía ser independiente. Aunque hacía mis trabajos y me sacaba mi dinero, se esfumaba en una carrera que sólo hacía que consumir óleos y pinturas y materiales carísimos… pero me apañaba bien.

 

 

 

Es fácil hablar de deporte. Para mí es muy sencillo. No hay nada que me motive y me apasione más que el deporte. Todos los deportes.

Aunque no lo pretendas, muchas veces lo que hablas de deporte, lo hablas de tu vida.

Como en pintura. Lo que pintas es tu vida. Lo que dibujas forma parte de ti. Los maestros de la pintura, y los grandes historiadores, como Vasari, ya consideraban, allá por el 1600, al dibujo por encima de cualquier manifestación artística, como la expresión más reflexiva de nuestro pensamiento. ¡¡Cómo nos cuesta dibujar¡¡. ¡Cuántas personas huyen de sí mismos negando a reflejar su yo más sincero¡, ¡Cuánto daño la educación tradicional, en el modelado de la forma, en el corsé de la línea “adecuada”, en la dificultad para crear, para expresar, para emocionar…

Ha sido un año de reflexión, estudio, enfermedad, soledad y cambio de rumbo. Reviso mis 42 años vividos en el corsé de lo que se debe, del ahogo de la expresión, del miedo a la vida, del miedo a la muerte, del miedo a vivir en definitiva, que impregna mi alrededor… A esto le ayuda los últimos años de crisis, el re-descubrimiento del deporte en puro estado de competición, el que te hace vibrar, el que te pone nerviosa antes de competir, el que te emociona,… también el re-descubrimiento del arte como parte íntima de mí misma, como manifestación atrapada entre los horarios imposibles del día a día… y descubres, de manera preocupante, que estás atrapada. Y necesitas salir. Y descubres que ya no te valen muchas cosas, que debes “resetear” tu sistema, quedarte con lo que te sirve, y enviar a la papelera el resto.

 

Llevo 5 años viviendo continuamente la decepción, esa que te hiere en lo más profundo, pero que no acaba contigo, sino que te hace más fuerte. Aunque se cobra a la sensibilidad como su víctima más dulce, y te vuelves distante, fría, más reflexiva si cabe, y menos emocional…

Puedo contar cuánto me costó superar no darme cuenta de cómo se habían aprovechado de mi durante muchos años, y que por lo que yo había luchado, los ideales que aún mantengo y que habíamos consensuado, se los pasó por el arco del triunfo el mayor machista y esnob que he conocido en el mundo de los negocios. Aplastar a la persona que había levantado junto a él todo durante 15 años supongo que fue una satistacción, para mi fue una decepción… y un gran alivio. Analizo cada acto, decisiones y situación y me chirria todo cuanto estaba en ese momento a mi alrededor. La injusticia, el abuso de poder, el acoso y derribo, los genes machistas en cada poro, la deriva, el caos, la apariencia…

Nunca hablé de este período, pero fue un momento importante en mi vida, un verdadero punto de inflexión. Que culmina este curso, y que espero nunca vuelva…

Después se sumaron decepciones posteriores, en un ambiente de angustia y desesperación, pero que marcan a las personas en lo más profundo del alma, que modifican relaciones, sentimientos y descubres que puedes ser indiferente a temas muy importantes, y comienzas a preocuparte también. “Nos habremos pasado de resbalín”, piensas, “hay algún botón que dejé apagado este tiempo”, y que me impide seguir sufriendo por algunas cosas, y por algunas personas…

 

Y decido correr. Y decido exponer, pintar, dibujar, volver a las clases…

Y entre dificultades, problemas físicos, trabajos agotadores pero gratificantes, familias, separaciones voluntarias semanales, me forjo una rutina, un contínuo de motivación y esfuerzo constante, que me ayude a dejar en cada camiseta la insensibilidad que me impregna, que me permita ilusionarme y seguir adelante… Aún me encuentro con personas que cuestionan esta forma de disfrutar de mi tiempo, de mi necesidad de encontrar momentos en los que sentirme bien física y mentalmente, en marcarme objetivos y seguir adelante…

Seré profesora de arte en muy poco tiempo. Cumpliré así otro de mis objetivos, que era no desvicularme nunca de ese mundo. Quizá así también pueda dejar cerrada con mi esfuerzo, la brecha de estos últimos años…

 

Era mucho más fácil haber escrito un post sobre próximos objetivos deportivos. De momento están a la espera, como muchas cosas en mi vida, pero preparándose para el momento que tenga que decidirlos, que no será muy tarde…

No puedes dejar de entrenar por no tener el objetivo claro, no puedes dejar de pintar por no tener exposición a la vista, no puedes dejar de amar a tus hijos por mucho que luches por su independencia… Hay tantas mentiras en este mundo, que justificarlas todas y cada una de ellas cansa tantísimo… que mejor ir hacia delante y obviar la confrontación. Cada cual con sus pensamientos. No somos capaces de cambiar a las personas, los que así lo creen se equivocan. Las personas cambiamos por lo que hemos vivido, no por lo que nos han dicho o intentado convencer. Nadie puede convencerte que lo que has vivido sea de la forma que lo has hecho. Nadie tiene razón. Todos tenemos vivencias.

 

Los mejores momentos de mi vida personal los he pasado con el deporte y la pintura, los mejores momentos como yo individual, como Isabel, no como madre de, mujer de ni familia de…

No podemos obviar las mejores cosas de nuestra vida, no podemos poner por encima nada, sea lo que sea, por que lo ponemos por encima de nuestra felicidad.

Esta es mi conclusión. Seguiré luchando por intentar hacer que “cuadren” en mi vida, en mi familia, en mi día a día, las cosas que más quiero.

 

Queda muy poco para que me llamen a trabajar. No sé dónde será. Quizá cerca, pero probablemente muy lejos. Tendré que sacrificar nuevamente a mis hijos sobretodo, para acercar mi objetivo. Estoy segura que el sacrificio merecerá la pena, la meta es siempre reconfortante…

 

 

Isabel