Han pasado ya unos días y muchas emociones, mezcladas con las fiestas navideñas, celebraciones varias, descanso… y no había podido escribir acerca de mi última experiencia con el deporte, que si bien está relacionada con la actividad física, no es ninguna carrera, era un «texto«. Sí, un relato. Los que me seguís ya sabéis de lo que hablo, lo habéis leído, votado, seguido y todo lo que habéis podido, pero tal vez no sabéis la historia real detrás del relato, el proceso, cómo comenzó y me lo planteé, el resultado… Esa historia os la quería contar hoy, con más calma, y después de todo lo que ha pasado después, la emoción de haber llegado a ser elegida, el premio, la entrevista, todo…

Han sido días divertidos y emocionantes. Jeje. Algunos de estos pensamientos los explico en mi entrevista con Sense Límits aventura que me hicieron en Apunt, otros no los pude decir (ya hablé demasiado).

Comienzo por el principio; y es que en cuanto vi la convocatoria del concurso, pensé que podría participar, no sé cómo me apareció en mi muro, pero el caso es que guardé las bases en mi escritorio y las dejé reposar… Ya se me ocurriría algo, pensé. Como en estas cosas, cuando menos te das cuenta, llega la fecha tope y aún no había preparado nada. Escribir acerca de una crónica de carrera no lo veía interesante, a poca gente le puede interesar esto, inventarme algo es arriesgado, podía intentarlo pero no me atrevía. Así que decidí hablar de un tema que conocía muy bien, bueno, tal vez no lo decidí, pero era un tema que siempre tenía presente y estaba como latiendo. Sólo me faltaba cómo enhebrar el relato. Poco a poco vas tomando conciencia de que algo quieres contar, pero aún no sabes cómo. Y un día sucede. Después de 2 meses durísimos de entrenamientos con muchos kilómetros, largos preparativos para la maratón, intentando esquivar la tendinitis del peroneo que era insufrible, me tocaba entrenar de nuevo, otro largo, el último, el que determinaría si seguiría adelante o no, dependiendo del dolor y de cómo me encontraba. Y ese día llovía. Había quedado con unos compañeros de Sanus que ese día hacían la tirada en el río y allá que me fui con ellos. No hay mucha gente que se junte para correr 25 km o más una mañana de domingo lluviosa. Me chopé, aguanté, corrí bien olvidándome de todo, pero fue una vivencia especial, supongo que por las circunstancias tanto meteorológicas, como de estado de ánimo, como de visualizar el final y sentir que podía hacerlo… No me ocurrió lo que en el relato describo en cuanto al acoso, pero sí todo el resto. Y cuando llegué a casa pensé que éste sí podía ser el punto de partida de mi relato. 

Este fue el día del largo…

Cuando comencé a escribir, salió solo. No necesité hacer borrones, romperme la cabeza, buscar… Fue como contar algo que llevaba dentro, que si bien no me había sucedido, hubiera sido posible. Vivencias relacionadas con el acoso y con el tema, que han estado presentes en mi vida, en la vida de cualquier mujer, que fue muy sencillo. Lo acabé. Lo envié. Y lo eligieron entre los 20 mejores.

Eso fue el día 15 de diciembre. El 16 salía a la luz la historia de Laura Luelmo. Me sentí fatal. Es una sensación que he experimentado otras veces. Como una premonición, como si aquello que yo había escrito hubiese sido la señal de otra cosa y no buena. Comencé a leer su caso. Ya llevaba 2 días pidiendo el voto como una loca a todos mis contactos, los de mis familiares, los del trabajo, los alumnos y los miles de conocidos que crees que tienes… Y pedirlo después de lo que le había pasado a esta chica, pues me parecía que podía ser, no sé, un poco de mal gusto. !!Habían tantas coincidencias¡¡, tantísima gente me contactó diciendo que habían pensado en mi relato cuando vieron la noticia… Me estremecí. Esta chica era más joven, sí, pero había cursado su master en la misma Universidad que yo, sólo 2 años antes y habíamos compartido profesores, porque ella también era de mi especialidad, dibujo. Le gustaba el arte, y como yo era interina nueva, con el deseo de comenzar allá donde fuera, por lejos que estuviera de casa, para poder hacer lo que más le gustaba. Era deportista y no le importaba acercarse al nuevo lugar a través de sus carreras, como tantísimas veces había hecho yo, en Tavernes, en Canals, en Bétera… 

Sólo era una semana de votaciones y lo intenté de todas las maneras y he de decir que tuve muy eficientes colaboradores, me recogieron firmas de muchos sitios y mucho apoyo. En definitiva, para mí era más que un concurso de relatos. Se convirtió en la forma de sensibilizar acerca de un tema tan importante y por desgracia tan presente en nuestra sociedad.

Pocos me preguntaron si lo que narraba en el relato me había sucedido, supongo que pensaron que sí, que no había duda, porque era tan sentido… Hay que vivir situaciones parecidas o similares para poder describirlo, pero justo en el deporte nunca me pasó nada, por más que salgo habitualmente a correr y en bici sola. En otras circunstancias de mi vida sí. Pero ése es otro relato, más bien una novela.

Cuando me comunicaron el premio me sentí mal, pero bien, era una mezcla de sensaciones. Creo que el hecho de haber tenido la desgracia esta chica, había creado una corriente de sensibilización más grande y pensé que era como haber tenido ayuda, pero las cosas a veces suceden por alguna cosa que nos sobrepasa, aparqué el mal sentimiento, y me puse feliz. Feliz porque también había decidido que callar como mujer no era lo más apropiado, y que aunque yo no era nadie, sí podía aportar mi granito, y ahora se me concedía esa oportunidad. Así que doble feliz.

Me llamaron para entrevistarme en Apunt, y me trataron genial los compañeros de Sense Límits aventura. Pude hablar con mucha tranquilidad, porque ellos así me hicieron sentir, acerca de todo esto que os estoy contando, y poder expresar lo difícil que es para nosotras, como mujeres, tener que tomar tantas precauciones, o vivir con ese miedo a no saber qué te puede pasar si no vas acompañada, o si tu socio decide abusar de tí, o si a tus compañeros de clase deciden meterse contigo por ser mujer o por cualquier cosa, si deciden agredirte, limitarte, pasar por encima, ningunearte… es muy «cansado» en ciertas circunstancia ser mujer. Y era mi oportunidad para expresarlo, y pedir la alianza de la mayoría de los hombres que tampoco quieren que esto suceda. Cuando salí de los estudios, sabía que ya no podría volver atrás, había comenzado a hablar de un tema, a defenderlo, del que me sentía parte, que me sentía cómoda defendiéndolo, me tocaba y sabía que tenía que seguir haciendo cosas en torno a él.

Aquí podéis escuchar la entrevista completa:  Sense límits aventura en Apunt radio: https://apuntmedia.es/va/a-la-carta/programes/escoltat-en-la-radio/sense-limits/06-01-2019-sense-limits-vicente-juan-garcia

Unos días después llegó el premio, que es lo de menos, pero me hizo muchísima ilusión. Ya había ganado mucho con todo el proceso, con mi propia concienciación del tema y expresión tanto oral como escrita. Pero Mychip había preparado un premio muy completo y especial, que abrí con mucha alegría y que también os comparto.

Gracias a todos los colaboradores, pero sobretodo gracias a tantísimas personas que han leído el relato, que se han sensibilizado con el tema y que les ha hecho pensar aunque sea un poquito. Gracias a las mujeres, incluida yo misma, que me habéis inspirado, seguiremos levantando la voz desde el medio que sea. Y gracias a MyChip y a su jurado que lo eligió entre unos cuantos.

Gracias¡¡¡¡¡¡

Isabel

Vídeo abriendo el regalo: https://youtu.be/huh_GA5rUmc

Os comparto el relato, «Bajo la lluvia», ganador del Concurso Relatos en zapatillas, organizado por Mychip, y con el que he comenzado este 2019 lo más contenta que os podáis imaginar. También lo podéis encontrar aquí, en la página que Mychip ha creado para la ocasión: http://relatosenzapatillas.es/index.php#relatos-list

Sé que muchos de vosotros ya lo habéis leído, pero por si queda algún despistado….

Relato: Bajo la lluvia

Comenzaré suponiendo que cada uno de nosotros tiene una historia que contar, más o menos interesante, y que cuando se dispone a correr, va haciendo consciente esa historia, un día tras otro, semana a semana, año tras año… cuando algo sucede, la historia fluye como mil sensaciones contenidas durante un largo período de tiempo. 

La mía es una historia, una más, de las miles que tenemos a nuestro alrededor. 

“Ese día llovía, mucho, muchísimo, pero había decidido hacer la sesión de entrenamiento que tenía programada, pese a la lluvia, pese al dolor en el peroneo que me perseguía ya 4 semanas, pese a haber pinchado la semana anterior en el largo de 30k y saber que mi “cabeza” estaba en un punto complicado. Me enfrentaba a mi segundo maratón y el principal objetivo era hacerlo sin dolor. Así que, para mí, ya lo consideraba una especie de fracaso, pues llevaba un mes entrenando con dolor, tal como en el anterior maratón, y pensaba que ya no podría cumplir con mi ilusión… 

En ésas estaba, concienciándome de la necesidad de seguir, pese a todo, de intentarlo hasta el final, de olvidarme de la lluvia, de no pensar, de disfrutar del entorno que ese día era espectacular, de “abstraerme” de mi tendinitis y repetirme a mí misma las palabras de mi fisio “Puedes hacerlo, debes seguir corriendo, todo irá bien…”, pero preocupada, con run run…

Comencé el trote inicial muy suave, con un grupo de compañeros que ese día habían organizado una “tirada” larga, con el objetivo de preparar el maratón también. Pensé que acompañada me sentiría mejor. Y realmente me sentía mejor, era divertido intercambiar sensaciones, apoyarse en el otro en los momentos bajos, animar al resto cuando era al revés y esos detallitos de “runner sociable”. Pero lo que verdaderamente me hizo olvidarme de mi lesión fue la lluvia, los charcos, el chapoteo de las zapatillas contra el suelo, esa sensación de niño pequeño con botas en los charcos que tanto recordamos todos de nuestra infancia… 

Pasada media hora o así comencé a quedarme sola. Tenía unos ritmos muy marcados y era muy complicado coincidir con alguien más durante todo el trayecto. Siempre sucedía en entrenes largos. Solía hacerlo sola. El día, además, era muy desapacible, y aún así conseguí tener pronto la ilusión al encontrarme muy bien y por ver que en realidad podía, siempre podía…

Conseguí concentrarme en la respiración, entrecortada por la lluvia y el esfuerzo que suponía tener que correr empapada. Había muchas personas corriendo pese al mal tiempo; siempre encontraba gente a lo largo del recorrido, pero el tiempo fue empeorando y poco a poco se fueron retirando. Todavía me quedaban 40 min de carrera cuando comencé a sentirse inquieta. Hacía un rato que “sentía” que no iba sola. Pensé que mi ritmo se le adaptaría a la persona que venía detrás, era algo bastante normal en carrera, a veces yo también lo hacía, pero siempre pedía permiso, avisaba y les decía que si molestaba me iba y cosas por el estilo, porque realmente a mí sí me podía molestar esa actitud de los demás, y era muy cauta. Sin embargo, cuando yo me unía a alguien, no pensaba que molestaba por ir detrás o juntos, sino porque solía encontrarme a muchos hombres que les molestaba que una mujer les mantenga un ritmo alto de carrera, que es el ritmo que suelo llevar. Eso les molestaba demasiado, y todavía me resultaba difícil encontrar a chicos que reaccionasen bien desde el inicio. Luego enseguida lo pensaban y se “ofrecían” para ayudarme a correr, taparme el aire, darme ánimos y cosas así….

Pero ahora me gustaría saber porqué me seguía alguien. A mí no me importaba el ritmo, y si podía ayudar a alguien siempre me encantaba, pero me resultaba “extraño” que me siguiera a distancia, que no dijese nada, que hiciese mi mismo recorrido… me sentía molesta, y casi nunca mi instinto se había equivocado.

Desde aquella vez que salí a pasear a mi perro Pipo y tuve que volver corriendo a casa, sacar la llave a toda prisa y meterme en el portal, para ver desde el otro lado cómo mi perseguidor agitaba sus partes más (nobles iba a decir, pero no…), su zona íntima, delante de mí. (Tenía 8 años).

No podía soportar la sensación de persecución y estuve muchos años con miedo a volver sola a casa y varios miedos más.

Esto se disfrazaba de “running”, pero no me gustaba igualmente. Hice varios giros fuera de circuito y subí el ritmo. La cosa no estaba para apretar, porque 28 km no se pueden hacer sin tener los ritmos bien planificados, y subir el ritmo mucho podía costarme el entrene, pero el miedo da alas, la lluvia mitigaba los dolores y nublaba mi cabeza también y no sabía cómo librarme. Había conseguido despistarlo, o eso creía, y bajé ritmo, pulsaciones e intenté no seguir pensando.

Hacía ya mucho que no había sentido ese miedo. Hacía mucho que había conseguido “neutralizar” mis pensamientos, mi cabeza, y conseguir parar el miedo irracional que a veces sentía, sin motivo aparente, por una oscuridad, por estar sola, por una música tenebrosa, por una peli… La vida había cambiado y había “crecido” en ese aspecto. Pero lo irracional no se controla, se puede acallar, pero cuando menos lo esperas, en el momento que bajas la guardia… zas¡¡¡

Un poco más y ya tendría el 80% del entrene completado, ¡¡tú puedes!!, me decía continuamente, “no pienses, corre” como dice Chemita… Paré. No dominaba la situación, tenía que “visualizar”, saber que había conseguido perder de vista a mi perseguidor. No lo vi. No conseguí ver nada debajo del aguacero que estaba cayéndome. Me refugié debajo del puente y conseguí recuperar de nuevo el pulso y las ganas de seguir y terminar.

Se iba a hacer más duro de lo previsto. ¡¡Qué fácil es correr rápido de noche, con miedo!!, pensé. 

La había liado buena, debía seguir, porque si no, no podía terminar cerca de casa, y no era cuestión de pasearse con la que estaba cayendo. Con la mente pensando en “escapar”, me había alejado más de lo conveniente para el entrene que quería hacer… 

Volví a la marcha, volví a apretar, y a los 5 min comencé a sentirlo de nuevo. No lo veía. Sólo lo sentía. Era una extraña sensación. ¿Cómo podía sentir algo que no veía?, ¿De qué mecanismo está hecho nuestro instinto para presentir el peligro?. Cualquiera que estuviera observando no detectaría nada anormal. Pero yo lo olía. Se acercó, ahora ya podía incluso escuchar sus pisadas. Chof, chof, chof…

¡¡Dios, qué hago!!, pensé. “Tranquila que aún puedes sprintar y ahí sí que no te gana“ me decía, siempre había pensado que en situación de apuros usaría mis piernas. Siempre había visualizado esa situación, cansaría a mi enemigo, correría, correría, a tope, hasta llegar…

Volví a apretar, volvió a subirme el pulso. La tensión se me acumulaba en las cervicales, tenía la cabeza paralizada. ¿Qué querría de mí?, nada bueno, pensé. “Pero, si es runner, me dije, ¿y qué?, eso no le quita que sea mala persona…, pues tienes razón. Vaya un pensamiento que tengo…”

Encontré un pequeño quiosco abierto en el lecho del río, que no había sucumbido ante la lluvia y con un brusco frenazo me paré, entré y respiré. Saqué mi móvil muy rápido y conseguí sacarle una foto al chico/bulto mientras se alejaba, y que no dejaba de de mirar hacia el quiosco, en mi dirección, apretando los dientes. 

Fue entonces cuando comencé a temblar. No podía parar. Estaba caladita, había hecho una carrera con un ritmo brutal y tenía miedo. No. Tenía pánico. Se me acercó un chico sudamericano que me hizo sentirme segura, y le dije que tenía frío y que iba a esperar a que vinieran a por mí. Enchufó un calefactor y me sirvió una infusión. “Gracias, gracias, gracias”.

No sabía qué iba a hacer con aquella foto, no era prueba de nada, no se veía muy bien al chico, no demostraba nada de lo que había sentido y pasado.

Me sentí frustrada. Me sentí triste, me sentí mal. Lloré. Y lo disimulé con el tembleque del frío. No me gustaba que me vieran llorar. Tampoco me gustaba que nadie me hubiese vuelto a “meter” el miedo en el cuerpo, no tenían derecho, no era justo, estaba enfureciéndome conforme pasaban los minutos. 

Venían a recogerme, pude conseguir dominar la tensión y salí fuera a esperar.

Sólo pude contar que me había sentido mal, que tenía frío y que ya había tenido bastante agua. ¿Podía explicar que alguien había corrido conmigo, más o menos cerca, y que me había hecho sentir miedo?, no veía cómo. No veía cómo explicar los instintos primarios sin parecer una loca obsesionada. Nada más lejos de lo que yo me “parecía” a mí misma.

Esa noche sí sentí miedo en casa, al quedarme sola. Pero sobretodo sentí rabia. En mi mente me imaginaba parando e increpando al chico por seguirme así de esa manera, gritándole que de qué iba, que dejara de seguir mis pasos pues no hacía gracia; y no me podía explicar porqué no lo hice. Me bloqueé.

Estos días he pensado lo difícil que es para algunas mujeres hacer las cosas más triviales para los demás, cómo el miedo las bloquea, les impide razonar, reaccionar, defenderse o actuar. Cómo cuesta volver sola a casa por la noche, cuántos trucos debemos utilizar para “sentirnos” protegidas.

Nunca antes había sentido miedo de salir a correr y siempre había salido sola. Era como si el hecho en sí mismo de salir a correr ya te protegiese. “¿Quién querría meterse con una chica fuerte que corre?”. Hoy me he contestado, “otro chico fuerte que corre”. Me propuse seguir saliendo sola e ir superando de nuevo el miedo. No quedarme, no callarme, no atenazarme. La calle también era mía.

Mi maratón la dedicaré a todas las mujeres que se han sentido así alguna vez, también a las que se han sentido agredidas física y psicológicamente en algún momento de su vida, en su vida familiar o en el trabajo o escuela. Y trataré de sentirme apoyada y arropada por esos miles de hombres que corren conmigo, que me ayudan, que no se “pican” cuando los paso en carrera, que me admiran por mis méritos tanto como yo por los suyos, o que simplemente me ven como una persona.

Nunca me pasó nada en el río, pero podía haber sucedido, como en tantos miles de casos todos los días.

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